jueves, 15 de noviembre de 2012

Un extraño




Mas de un millón de voces sintieron el golpe. Era un cuerpo extraño. Habían olvidado como defenderse. Las partes más débiles comenzaron a morir.

Él abrió los ojos.

Las voces se callaron.

Él intentó recordar. Su mente, en blanco. Sus sentidos no respondían.

La noción, detrás de las voces, tomó conciencia del requerimiento del huésped.

La luz repentina lo cegó. Se cubrió el rostro con ambas manos.

Las voces lloraron con los movimientos del extraño.

Se sentó en lo que creyó que era el borde de la cama. Sus ojos no se acostubraban a la paralizante luz todavía. Mientras tanto, trataba de entender.

El millón de voces no necesitó sonido para hablar. Ni palabras para presentarse.

Ël se estremeció. Lo invadía la calidez, la plenitud, la sincera alegría. Vio su vida de principio a fin. Vio cada detalle, una y mil veces. Aprendió que todo tenía un sentido.

La conciencia que existía detrás de las voces sintió como una parte suya había desaparecido. Supo que era inútil dejar pasar más tiempo.

Sintió que algo lo llamaba. Era algo que nunca había sentido antes.

¿Cómo se llamaría eso que sentían?  La conciencia entre las voces entendió que eso era lo que llamaban muerte.  Miles se callaban. ¿Cómo se llamaría ese antes y después? Eso era lo que llamábamos tiempo.

Él estaba entregado a esa bondad que lo había transportado. Entregaba toda su vida a eso. Sentía como su vida se repetía. Nacimiento y muerte. Cada vez como algo más lejano.

Las voces comenzaron a percibirse unas a otras. Ya no eran un todo. Todavía quedaba un resto de la noción que antes la unía. Ahí radicaba la única ¿esperanza? Si, así lo llamaban los antiguos.

El bienestar que había sentido se disipaba. Detrás de esa cortina quedaban millones de voces que se desangraban con cada latido que su corazón daba.

Las voces disminuían. Muy pocas se descubrieron lo suficientemente fuertes como para resistir una presencia. Pero había algo que las unía. Había un motivo para que la noción no desaparezca.

El brillo a su alrededor disminuyó lo suficiente para dejarlo abrir los ojos. Se vio sentado en la nada. La luz que lo había cegado se marchitaba.

La noción volvió a sentir lo que desde hacía mucho no sentía. Recordó lo que había olvidado junto al cuerpo. Y comprendió lo que necesitaba para seguir su viaje. Antes de que sus fuerzas la abandonen, la invadió la culpa y supo que  debía dar una explicación al recién llegado.

Mientras la luz moría a su alrededor, un solo destello permaneció indemne. Estaba delante suyo.
Sintió que el destello crecía. La luz lo invadió. El bienestar lo hizo caer.

Se descubrió en la cama. Trató de correr una sabana para taparse cuando recordó lo que había soñado. Sin abrir los ojos se dejó llevar por esa sensación que todavía perduraba.
Trató de recordar su sueño y se encontró con algo nuevo. Algo con lo que no había soñado, pero que había reemplazado a todo lo anterior.
Vio miles, millones de personas que decidieron vivir felices. Vio como estas eran cada vez más. Supo que el bienestar era tanto que se dejó de medir el tiempo. Y después el amor que todos sentían por la vida fue tal que ya no fue necesario un cuerpo. Todas esas almas se unieron y supieron que esa era su forma original. Pero en la carrera por seguir avanzando habían olvidado quienes eran. Para poder dar un paso adelante, era necesario volver a recordar lo que se sentía antes. Tenían que tener plena conciencia del camino recorrido para no repetirlo.
Cuando se levantó esa mañana, supo que había tenido un sueño inolvidable. Había soñado con el próximo paso de la humanidad.
Pero había olvidado que la humanidad lo había elegido a él para darlo.   

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