lunes, 17 de enero de 2011

Notón

Hace calor, no es extraño en esta ciudad y en esta época del año, sin embargo la laguna dibujada en mi espalda me hace pensar que esto no es tan común. Debe ser porque hace más de cinco horas que estoy sentado en esta silla, en este bar del microcentro, esperando a un entrevistado que evidentemente no va a venir. Me siento bastante ridículo. Tres cervezas, cinco wiskiys y un sánguche de jamón crudo en pan árabe como única interacción con un mozo que debería relamerse en la propina que matemáticamente debería corresponderle, pero en el fondo está tan fastidiado como yo, o eso cree él, fueron dibujando el fastidio por un entrevistado que a todas luces no va a venir, Por un momento pienso en entrevistarme a mi mismo y así esto que estoy escribiendo puede tomar forma de nota.
Los últimos cuarenta minutos los pasé decidiendo acerca de la conveniencia de levantarme a buscar un teléfono público (y dejar mi puesto de vigilia) para pedirle explicaciones al “contacto” que me había garantizado la entrevista. Pero correría el riesgo de que justo en ese momento el entrevistado se digne a aparecer e irse al ver que su entrevistador no lo ha esperado. Y claro, soy un perejil por hacerme el banana y el antisistema no usando teléfono celular; y un perejil aún mayor por creerle al amigo de un amigo de un amigo que medio entonado por un par de vinos tintos a temperatura ambiente me convenció de que Kurt Cobain no se había suicidado como todos creían, sino que había fingido su propia muerte para escapar de la fama, y que ahora laburaba como supervisor en un call center. Claro, el tipo no se había pegado un corchazo, en aquel momento tenía sentido, pero estábamos todos bastante en pedo, y yo embriagado por las luces de la fama potencial que me esperaba por mostrarle al mundo que la última gran estrella de rock de los noventas estaba viva y en mi ciudad.
Cosas de la vida, contradicciones personales, durante años pensé que si Kurt estuviese vivo no vendría a esta ciudad calurosa a supervisar pos-adolescentes en un call center, sino que estaría en una isla del caribe tomándose un margarita mientras Jim Morrison le cuenta alguna anécdota y Yabrán juega al tenis con una personal trainer hermosa que se deja perder y se ríe de todos sus chistes. Eso es vida. Mientras tanto acá hace un calor infernal y el mozo levanta las sillas para limpiar el piso del barsucho en el que estoy. Va llegando la hora de cerrar esta nota.

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