lunes, 4 de mayo de 2026

 Cómo por un túnel, Mati hizo el secundario. No tuvo que esforzarse demasiado, las clases no eran tan difíciles, y las que mas le costaban las pasaba igual. Con algo de la guita que le daban primero se puso a minar crypto monedas y, medio de suerte, medio por su buen olfato empezó a hacer una diferencia. Perdió todo dos veces, y siempre logró volver a armarse gracias a la plata que le daba su abuela a escondidas. Después empezó a jugar fuerte en páginas de apuestas, incluso llegó a vender todos los tokens que tenía para volcarse a eso. El resultado fue el mismo, ganó, perdió, la pegó, se fundió y volvió a empezar administrando con buen olfato los regalitos que le llegaban. La última experiencia con crypto y apuestas lo agarró en un buen momento, en que había vuelto a ganar algo de buena guita, justo cuando a su viejo lo rajaron del laburo y a su mamá le congelaron la pensión. Sabiamente, evaluó las posibilidades, y ante la opción de ponerse a repartir pedaleando, prefirió retirarse del dinero online y pasar a algo mas concreto, con el dinero que tenía quiso convertirse en prestamista.


Un mes mas y Rolo hubiera cumplido veinticinco años de trabajo en la fábrica. Pero cerraron de un día para el otro. Se quedó sin sueldo, con unos años todavía por delante hasta poder jubilarse. Estuvo un tiempo con sus compañeros, intentaron organizarse para resistir el vaciamiento de la fábrica, no eran pocos, pero para resistir una toma hace falta mucha gente y muchas ganas, y mas pronto que tarde fueron quedando cada vez menos. A las dos semanas del despido masivo, ni siquiera hizo falta que los desalojen por la fuerza. La mayoría se había puesto a hacer viajes en auto para laburar por su cuenta, algunos ya lo hacían ya de antes del cierre, era cuestión de adaptarse y ajustar un poco el cinturón. Rolo no fue menos, no podía dejar que una mala situación lo bajonease. Aparte tenía que ocuparse de su madre, viejita, que lo ayudaba con las cosas de la casa pero que ya no podía, ni quería, ni la dejaba, salir sola ni a hacer los mandados. Estaba muy grande y se mareaba con las tareas mas sencillas, no podía ni ir a hacer los mandados sin perderse porel barrio, o perder la mitad de la jubilación en una salida de mandados vaya uno a saber como, o dándosela va vaya uno a saber quién. El trabajo de chofer demandaba mas horas de trabajo que la fábrica para llegar a un monto mensual parecido al que ganaba antes, pero era su propio jefe, y era lindo saber que ganaba su propio dinero sin deberle nada a nadie. Pero todo eso se cayó unos meses después cuando el médico le dijo que necesitaba operarse si o si. 


Al principio a Mati el trabajo de prestamista le resultó, a falta de una mejor palabra, estimulante. Prestaba 100, en un mes le tenían que devolver 300, y si no le devolvían… Los primeros le devolvieron. Te sacaba del apuro, después fijate cuantos muebles tenés que vender de tu casa para devolverme. El gimnasio y los años de kick boxing le habían dado un porte que usaba para amedrentar sin tener que esforzarse mucho. Aparte era bastante simpático y buen vendedor, haberse criado con redes sociales y reels le daban la frescura de quien siempre está buscando la reacción ajena, como si fuesen oxígeno y alimento. Ahí un día llegó Rolo, asfixiado porque el banco ya no le refinanciaba el crédito y porque en la app le pedían una locura de intereses. Mati fue tan frontal como honesto, 100 esta semana, pagos de 10 por día por un mes. Rolo supo que lo estaba cagando, mal, pero sintió que otra no le quedaba. Con esos 100 podía sacarse una deuda de encima y con el auto podía pagarle al pibe este, con un par de horas mas por día le sobraba y todo. 


La primer semana Rolo la terminó con la lengua afuera, sin la operación el dolor se le hacía insoportable, y estar tantas horas sentado solo lo empeoraba. Un día no pudo mas, tenía que llevar el auto al taller, y no le quedaba márgen para pagar los calmantes en la farmacia, así que se encerró en su pieza a llorar sin que nadie lo viese.

Mati pasó por la casa de Rolo, estaba haciendo la ronda de los deudores, que eran cada vez mas, y sentía que si no empezaba a ponerse firme, no iban a dejar de pedalearlo. así que cuando reconoció la voz de Rolo que le habló sin abrir, y le dijo que no tenía lo suyo, Mati solo atino a patearle la puerta y a prometer que volvería. Esa noche pasó de vuelta, y Rolo ni siquiera quiso atenderlo. Al día siguiente habló con un conocido y compró un 22, algo que tenía ganas de hacer desde hacía un tiempo, “por seguridad” y que ahora podía justificar como un gasto de capital para su emprendimiento. Para estrenarlo, volvió a hacer una ronda de deudores. Rolo volvió a no atender la puerta y Mati lo marcó. 


Esa noche pasó y volvió a tocar el timbre, pasó un rato en silencio, sin decir nada ni volver a tocar. Sabía que Rolo estaba en casa, había visto como una luz de adentro se apagó cuando llamó a la puerta. No quiso perder mas tiempo, volvió a su auto y desde la ventanilla disparó tres veces contra la casa de Rolo. No a las ventanas, no a la puerta, solo a la pared, para que se asuste el deudor nomás.


Rolo pasó la noche en la guardia, uno de los disparos le había dado a su madre, que estaba en el baño y la bala le entró por la pierna. Para cuando llegó la ambulancia había perdido bastante sangre. Después de varias horas en la guardia le dijeron que había quedado en coma, sedada, porque la sangre perdida era demasiada y necesitaban muchos dadores y no los llegaban a cubrir. Él quiso ofrecerse, pero hacía varios días que venía comiendo mal y cuando estuvo en la camilla se desmayó.  Lo despertaron con un sanguchito, lo mejor que había comido en días y se fue del hospital sin saber que hacer. 


Mati recibió el mensaje de Rolo: “Tengo lo tuyo, paso ahora” breve y escueto, hijo del miedo. -Se debe haber cagado bastante el viejo- se congratuló a sí mismo con sonrisa pedante. Un rato después recibió a Rolo en el cafecito de la plaza que usaba como oficina y ni sospechó que en lugar de un fajo de billetes recibió el frío de un destornillador entrandole en el cuello. 


Rolo sacó el destornillador del cuello del prestamista y, al ver al pibito caer, mientras la expresión de sorpresa se le perdía en ojos vacíos, vio la cantidad de sangre que le salía por el cuello y pensó en su mamá en la cama de terapia intensiva. Por una milésima buscó con la mirada como guardarla, pero desestimó la idea al instante. A su alrededor, todos en el cafe lo miraban inmóviles, nadie sabía que hacer ni se animaba a moverse. De pronto, vio que empezaban a sacar sus celulares y a grabarlo, a él y al cuerpo que se desangraba en el piso. Sintió el destornillador en la mano, tibio y húmedo, y sin dudarlo se lo clavó en el pecho.





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