Tomar el sótano fue fácil, los informes de
inteligencia estaban acertados y no tuvimos ningún tipo de problemas con los
locales. La cabeza de playa fue de madrugada, a las 5200 horas. Estuvimos
trabajando en el máximo silencio y, según lo previsto, concluimos los
operativos a las 13000. Sin embargo el coronel había decidido dejar pasar
algunas horas por cautela. El coronel siempre fue incapaz de exponer a su tropa
a riesgos innecesarios.
Comenzamos la segunda fase a las 19300 horas. Fueron
momentos tensos, teníamos que cubrir terreno y asegurarlo, pero sin alertar a
los locales, y rogando que los encargados de la inteligencia no hubiesen
descuidado ningún detalle. A las 20000 horas, ante nuestra indiscutible
superioridad, los locales se atrincheraron en la última sección de la casa. El
único paso estaba franqueado por una puerta de roble. El coronel mantuvo una
comunicación con sus superiores y acordó que era mejor disfrutar de este avance
y esperar a que las circunstancias fuesen más propicias para continuar a la
siguiente sección.
Esa noche fuimos a dormir temiendo que los locales contraatacasen,
a todos nos temblaba el pulso de solo pensarlo. A la mañana siguiente, el
coronel estaba preocupado, igual que varios de nosotros, porque, sin habernos
dado cuenta, habíamos entrado de lleno en una guerra de trincheras. Los
reportes de inteligencia advertían que del otro lado de la puerta el espacio
para combatir no abundaba y, progresivamente, nuestra oportunidad de tomar el
lugar rápido se disipaba. El coronel ordenó preparar dos líneas de defensa frente
a la puerta de roble para ganar tiempo en caso de contraataque, y dispusimos el
resto de nuestros recursos para preparar las condiciones del futuro avance.
Debo admitir que fueron días muy arduos, organizamos
escuadrones de infiltración, y desplegamos una red de micrófonos para tomar
sonidos del territorio hostil. En un principio me opuse a tal gasto de energía
por considerar que los locales ya estarían al tanto de estas técnicas y hablarían
en código o nos darían datos falsos para confundirnos. Pero el objetivo de
aquella tarea era otro, y aún me arrepiento de haber desconfiado del coronel; la
única información que relevaríamos sería la concerniente a la rutina de los
locales, solo así seríamos capaces de percibir las potenciales grietas en su
sistema de guardias.
Casi cuatro semanas después el coronel decidió que
habíamos recobrado suficiente información, si bien eso era cierto, entiendo que
la decisión del coronel fue apresurada porque la moral de los hombres estaba en
baja y requería un golpe de efecto. La guerra de trincheras es algo muy desgastarte
y lo único capaz de evitar una posible revuelta era terminar todo lo más rápido
posible. Según la información, a la noche comenzaban a cesar las rondas de
vigilancia, pero no lo suficiente como para temer una trampa.
A las 21000 forzamos sigilosamente la puerta y, con
más nervios que nunca, cruzamos el umbral. No recuerdo si fue el cabo Jenkins o
el sargento Monroe quién delató nuestra presencia cuando, traicionado por su
impaciencia, tumbó, sin desearlo, una silla con su fusil. Inmediatamente,
preparados para lo peor, nos apostamos para la batalla. Pasaron los minutos y
la espera se hacía cada vez más tensa; no podíamos avanzar sin correr el riesgo
de caer en una emboscada, pero tampoco podíamos retroceder solo por temerla. Adelante
nuestro, en el corazón del territorio hostil, se escuchaban ruidos; algunos
apresurados, pero cada vez más sordos y lejanos. Finalmente quedamos en silencio.
Confieso que ese fue el peor silencio de mi vida, cada segundo parecía una
hora. En un repudiable acto de irresponsabilidad, con los nervios hechos
añicos, el cabo Brown, se lanzó al ataque, dispuesto a sacrificarse solo para
ahorrarnos a los demás ese destino. Pero no encontró resistencia, no pasó nada,
poco a poco fue calmándose. Algunos hombres le siguieron, otros temíamos caer
en una trampa infantil, pero no fue así. Finalmente el perímetro fue asegurado,
la casa había sido tomada.
1 comentario:
Homenaje a Cortazar en el aniversario de su muerte. El cuento tiene sus años, y ni siquiera estoy seguro de no haberlo publicado en alguna otra ocasión, pero bueno, la fecha lo amerita.
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